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jueves, 27 de marzo de 2008

Mensaje de Bergoglio a los jóvenes en esta Pascua


Queridos muchachos y chicas:

¡Resucitó Cristo, nuestra esperanza! Este es el grito que resuena en la Iglesia y en el mundo desde hace más de dos mil años en cada Pascua. Pero, ¿es posible hoy seguir esperando?

Sí, Cristo ha resucitado y nos empuja a descubrir que lo imposible también forma parte de nuestra vida, porque Dios se ha metido en nuestra historia de una vez y para siempre. Creer en la resurrección significa no resignarse a que el mundo siga adelante siempre de la misma manera.


Celebrar la pascua es creer con toda la fuerza de nuestro corazón que Cristo sigue viviendo en medio de nosotros y que es capaz de transformarnos desde dentro para ayudarnos a construir el mundo y la vida que anhelamos, y que nos parece tan lejano.

Celebrar la pascua es dejar que el Resucitado venza nuestro miedo y desconfianza. La noche terminó. La luz que se ha encendido en medio de la oscuridad nos muestra un mundo nuevo. La piedra que encerraba “la vida” fue arrojada lejos por Cristo. Él es la vida que no puede quedar sepultada por nada ni por nadie.

Esta Pascua tiene que se más que nunca un paso de Dios por nuestra vida y por la historia que nos está tocando vivir; una invitación, casi como un deber, a ser esperanza de un mundo que agoniza resucitándolo con el testimonio de la fraternidad y la solidaridad, de la lucha por la verdad y la justicia, de la confianza y el amor, del perdón y la reconciliación, de la generosidad y la entrega.

La juventud es el momento donde la vida se hace más fuerte, donde estalla, florece, se abre paso; por eso ustedes, más que ningún otro, tienen el desafío de hacer pascua cada día y llenar de “Vida” la vida.

El que es la Vida está entre nosotros con su fuerza arrolladora y todo puede comenzar de nuevo.
Dios quitó la piedra que mantiene encerrada nuestra esperanza y nos invita a buscar lo que vale la pena, a que no tengamos miedo a soñar y tener ideales grandes, a arriesgarnos yendo por dónde Dios hace galopar nuestro corazón. No tengamos miedo.

Dios mantiene su palabra.
Dios es dueño de lo imposible.
Dios se muestra en lo increíble.
El amor tiene la última palabra.

Al pensar en ustedes, me viene de un modo especial la imagen de Jesús en la cruz mirando a su madre y al joven Juan. Jesús sin miedo le confió a su Madre. En esta pascua quiero confiarles nuestra iglesia arquidiocesana, ella es la Madre que necesita que sus hijos jóvenes, la cuiden, la sostengan, la hagan caminar, la embellezcan y la renueven con la frescura de sus corazones enamorados de Jesucristo y apasionados por el Reino de Dios.

Anímense a ser testigos de lo increíble, constructores de esperanza. Jesús no defrauda y nuevamente les dice “acá estoy, soy la Vida”

Feliz Pascua, y por favor, les pido que recen por mí.


Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.
Semana Santa 2008

sábado, 22 de marzo de 2008

¡Feliz Pascua!


"Yo estaré siempre con ustedes"
(Mateo 28,20)



¡¡¡Feliz Pascua de Resurrección!!!



¡Que no se oculte nunca la alegría desbordante y la pasión por la Vida que nos regalara Jesús hace más de dos mil años!

martes, 18 de marzo de 2008

Crucificados


El mundo está lleno de iglesias cristianas presididas por la imagen del Crucificado y está lleno también de personas que sufren, crucificadas por la desgracia, las injusticias y el olvido: enfermos privados de cuidado, mujeres maltratadas, ancianos ignorados, niños y niñas violados, emigrantes sin papeles ni futuro. Y gente, mucha gente hundida en el hambre y la miseria.


Es difícil imaginar un símbolo más cargado de esperanza que esa cruz plantada por los cristianos en todas partes: «memoria» conmovedora de un Dios crucificado y recuerdo permanente de su identificación con todos los inocentes que sufren de manera injusta en nuestro mundo. Esa cruz, levantada entre nuestras cruces, nos recuerda que Dios sufre con nosotros. A Dios le duele el hambre de los niños de Calcuta, sufre con los asesinados y torturados de Irak, llora con las mujeres maltratadas día a día en su hogar. No sabemos explicarnos la raíz última de tanto mal. Y, aunque lo supiéramos, no nos serviría de mucho. Sólo sabemos que Dios sufre con nosotros y esto lo cambia todo.


Pero los símbolos más sublimes pueden quedar pervertidos si no sabemos redescubrir una y otra vez su verdadero contenido. ¿Qué significa la imagen del Crucificado, tan presente entre nosotros, si no sabemos ver marcados en su rostro el sufrimiento, la soledad, el dolor, la tortura y desolación de tantos hijos e hijas de Dios? ¿Qué sentido tiene llevar una cruz sobre nuestro pecho, si no sabemos cargar con la más pequeña cruz de tantas personas que sufren junto a nosotros? ¿Qué significan nuestros besos al Crucificado, si no despiertan en nosotros el cariño, la acogida y el acercamiento a quienes viven crucificados? El Crucificado desenmascara como nadie nuestras mentiras y cobardías. Desde el silencio de la cruz, él es el juez más firme y manso del aburguesamiento de nuestra fe, de nuestra acomodación al bienestar y nuestra indiferencia ante los crucificados. Para adorar el misterio de un «Dios crucificado», no basta celebrar la semana santa; es necesario, además, acercarnos un poco más a los crucificados, semana tras semana.


José Antonio Pagola


(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).